Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mis labios una frase de perdón.
Habló el orgullo, enjugó su llanto
y la frase en mis labios expiró.
Hoy voy por un camino, ella por otro
y al pensar en nuestro mutuo amor
yo digo aún ¿por qué callé aquel día
y ella ¿por qué no lloré yo?
Gustavo Adolfo Béquer
lunes, 12 de noviembre de 2007
domingo, 4 de noviembre de 2007
¡SALVEN A MI BEBÉ!

I
Era una de esas noches en las que parece que todo puede ocurrir. Las emergencias se sucedían una tras otra. Los médicos y enfermeras iban y venían, algo mareados ya y muertos de cansancio. Miraban de vez en cuando el reloj, de reojo, como apurándolo. Esa noche era eterna, el tiempo se había detenido allí adentro; en cambio afuera parecía transcurrir alocadamente, por la cantidad de enfermos y heridos que iban llegando.
-“Es una de las peores guardias que he tenido”- pensó Ramón. ¡Y vaya que había tenido guardias difíciles! Noches en vela, temblando por la vida de la paciente. Revisando cada signo vital con apenas dos o tres instrumentos y rogándole a Dios, ¿Cómo si Dios fuera a escuchar esos ruegos!, que le echara una mano. Y aquello llegó a convertirse en rutina.
Ramón respiró profundamente, como para conjurar los fantasmas del pasado que solían asaltarlo de cuando en cuando, sobre todo en noches como esa y caminó con paso firme hacia la máquina de café que estaba a un lado de la puerta de urgencias del hospital “La Luz”. En el bolsillo superior izquierdo de su bata blanca, ya deslucida y manchada después de tantas horas de trabajo agotador, podía leerse en letras azules, primorosamente bordadas: “Dr. Ramón Hinojosa”. En esos momentos deseaba un café bien caliente más que cualquier otra cosa. Mientras rebuscaba en los bolsillos de su pantalón algunas monedas para la máquina, Ramón ¿sintió? algo. Una ráfaga de aire helado estaba colándose por alguna rendija. Era diciembre y el pronóstico del tiempo había hablado de temperaturas muy bajas, en una región de inviernos normalmente benignos y templados; pero ese diciembre era distinto a todos los que él había conocido.
De repente, algo se movió. A Ramón, frente a la máquina de café, le pareció ver por el rabillo del ojo, que la puerta de entrada se abría lentamente, demasiado lentamente. Miró directamente y no vio a nadie, sin embargo la puerta seguía abriéndose, eso era evidente. Ramón, perplejo, bajó instintivamente la vista al suelo y aquel frío decembrino se le instaló en la base de la nuca, justo en la nuca. Hacía años que era médico y creía haberlo visto todo, pero aquella visión no la olvidaría nunca por lo terrible, por lo inesperada. Alguien o ¿algo? se arrastraba penosamente por el piso; una criatura sanguinolenta trataba desesperadamente de entrar al hospital. Jadeaba con dificultad, ruidosamente, en un esfuerzo supremo, sobrehumano, por cruzar el umbral. Su mirada se cruzó con la del médico, cuyos ojos estaban desorbitados y un débil gemido salió de aquella garganta cercenada:
-¡Salven a mi bebé!
-“Es una de las peores guardias que he tenido”- pensó Ramón. ¡Y vaya que había tenido guardias difíciles! Noches en vela, temblando por la vida de la paciente. Revisando cada signo vital con apenas dos o tres instrumentos y rogándole a Dios, ¿Cómo si Dios fuera a escuchar esos ruegos!, que le echara una mano. Y aquello llegó a convertirse en rutina.
Ramón respiró profundamente, como para conjurar los fantasmas del pasado que solían asaltarlo de cuando en cuando, sobre todo en noches como esa y caminó con paso firme hacia la máquina de café que estaba a un lado de la puerta de urgencias del hospital “La Luz”. En el bolsillo superior izquierdo de su bata blanca, ya deslucida y manchada después de tantas horas de trabajo agotador, podía leerse en letras azules, primorosamente bordadas: “Dr. Ramón Hinojosa”. En esos momentos deseaba un café bien caliente más que cualquier otra cosa. Mientras rebuscaba en los bolsillos de su pantalón algunas monedas para la máquina, Ramón ¿sintió? algo. Una ráfaga de aire helado estaba colándose por alguna rendija. Era diciembre y el pronóstico del tiempo había hablado de temperaturas muy bajas, en una región de inviernos normalmente benignos y templados; pero ese diciembre era distinto a todos los que él había conocido.
De repente, algo se movió. A Ramón, frente a la máquina de café, le pareció ver por el rabillo del ojo, que la puerta de entrada se abría lentamente, demasiado lentamente. Miró directamente y no vio a nadie, sin embargo la puerta seguía abriéndose, eso era evidente. Ramón, perplejo, bajó instintivamente la vista al suelo y aquel frío decembrino se le instaló en la base de la nuca, justo en la nuca. Hacía años que era médico y creía haberlo visto todo, pero aquella visión no la olvidaría nunca por lo terrible, por lo inesperada. Alguien o ¿algo? se arrastraba penosamente por el piso; una criatura sanguinolenta trataba desesperadamente de entrar al hospital. Jadeaba con dificultad, ruidosamente, en un esfuerzo supremo, sobrehumano, por cruzar el umbral. Su mirada se cruzó con la del médico, cuyos ojos estaban desorbitados y un débil gemido salió de aquella garganta cercenada:
-¡Salven a mi bebé!
martes, 18 de septiembre de 2007
domingo, 16 de septiembre de 2007
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